Inútil

Inútil es el espectador, que se limita a mirar un espectáculo
Inútil es el vegetal que se alimenta de lluvia y de rayos
Inútil es el aire, que se mueve vagamente
Inútiles son los relojes, que giran indefinidamente

Y al mismo tiempo son útiles

El espectador siente
El vegetal sobrevive
El aire da vida
Los relojes limitan

Y yo soy la más inútil de todas las cosas

Trozos de vidrio esparcidos por el suelo, imposibles de recuperar, de unir, de componer, y en esa confusión, en ese desorden, ese caos perturbador ella está desnuda, desnuda su cuerpo y su alma y su piel de serpiente muta. Sus colores, sonidos y aromas se desatan, liberados por fin del envase que los contenía. Ahora es un ser horriblemente sensorial; la belleza de la discreción, de la contención, de lo prohibido ya no existe. La seguridad del frasco le dijo adiós en el momento en que se hizo añicos. Ella se siente vorazmente curiosa. Y llora sin lágrimas por la pérdida y el temor. En la piel nueva reconoce características suyas que no la abandonaron, y que al instante de ser capturadas se transforman en millones de interrogantes y sensaciones jamás vividas. En vano intenta volver al envase, intenta componer ese refugio invisible que la oprimía pero que era lo seguro, lo estable, lo conocido. Ahora corre con su desnudez a cuestas, en busca de otro recipiente, ¿más grande? ¿Más cómodo? ¿Idéntico? Quién sabe. La piel le escoce; la luz es diez veces más brillante, los sonidos ensordecen, los aromas aturden. Está sola. Perdida. Desamparada. Y el envase está roto. 
Las manos juntas, inseparables, pegadas con plasticola. Juntas las manos, los cuerpos distantes. Entran los dos al bar, al mismo tiempo y a distinto compás. Jazmín lo mira a Lisandro; Lisandro aparta la vista de forma brusca. Jazmín lo fulmina con sus ojos de gato asustado, como si de esa forma pudiera leerle el pensamiento. El verde menta de las paredes hace juego con su suéter, y con los ojos de Lisandro. Les asignan una mesa apartada con poca luz. Jazmín se sienta, Lisandro también. Y ahora qué, él se pregunta, y ella también, y los dos están igual de confundidos e igual de tensos. Jazmín lo mira a Lisandro; Lisandro detiene la mirada en una lámpara de vitreaux. Ninguno se atreve a romper el silencio. Este es un silencio triste, no es un silencio incómodo, como el de la primera vez que se vieron. Este es un silencio que dice adiós, melancólico, sutil. 
-Sabés por qué te traje acá.
Los ojos de Jazmín ya no son los de un gato: son los de un ciervo deslumbrado a punto de ser arrollado por un automóvil. El gesto de Lisandro es serio, impasible, pensativo. Cuando los atienden, piden dos cervezas negras y bien frías. Hoy es un día frío, el más frío del año, a pesar de ser fines de octubre.
-Mirá, somos dos extraños. No existimos para el otro, ¿me entendés? Es lo mismo que nada. Nada nos une. Por eso creo que es mejor que ya no estemos juntos.
Jazmín no habla. La voz de Lisandro suena distorsionada, lejana. Llegan las dos tiradas de cerveza. Ambos toman un trago largo que se hace interminable. La hora también se estira como un chicle. Once y media.
-No es que no te quiera, es que de verdad, no sé qué nos pasa. Qué nos pasó. Ojalá...
Qué nos pasó. ¿El tiempo, las ganas, el amor? ¿Éramos tan superficiales, tan carnales? ¿De verdad éramos tan distintos? ¿Fuimos demasiado egoístas? Quizás no había una causa concreta. Quizás fue la suma de las partes, que conformaron un todo desastroso. Y todo se reducía a ese bar con olor a tabaco, donde cuatro años antes había comenzado todo y hoy terminaba.
Se oye un como quieras, que Jazmín no sabe a ciencia cierta si salió de su boca o lo dijo alguien más en la mesa de al lado. Se para y sale del bar, y camina varias cuadras por la avenida San Martín, entre cavilaciones y turbaciones. No llora porque es dura. El reloj de pulsera da un pitido para indicar que ya son las doce de la noche. Jazmín mira las agujas del reloj, el segundero que avanza como un tic nervioso, luego los autos que pasan a toda velocidad, y las luces de las casas que se apagan, y las parejas que caminan tomadas de la mano.
Se derrite tu rostro como un helado al sol.
Tus manos son garras ¡cuidado que arañan!
Eres una medusa contemporánea
con ojos tornasol y boca cuadrada.
No te permito pasar, no;
aquí es la belleza la reina verdadera.
¿Quién querría a una bestia tan fea?
Sin forma, grisácea, excéntrica.
Puedes irte muy lejos, lejos, lejos
y buscar un lugar que te acepte.
Tienes virtudes, pero estás defectuosa
con tus ojos, tu nariz y tu boca
y tu voz poco armoniosa.
Dile adiós a tus padres,
dile adiós a tu casa, a tu hogar.
Ya no eres bienvenida.
Adiós, chao, au revoir.

Las (des)ventajas de ser visible

Eran las once y media de la noche y Charlie se había recostado en su cama. El dolor de cabeza le aturdía terriblemente. Pensó en lo que le esperaba de ahora en adelante. Pensó en Patrick, en Sam, en Mary Elizabeth, que se habían marchado a cumplir sus sueños universitarios. Incluso pensó en Michael. Sobretodo en Michael, que dormía profundamente y no tenía intención de despertar de esa pesadilla cruel. De vez en cuando se le aparecía el rostro de su tía Helen, aunque menos confuso y definitivamente menos temible. Muchas cosas parecían estar en su lugar. Pero otras no estaban tan claras. Charlie estaba confundido y angustiado, y deseó con todas sus fuerzas atribuir esa angustia a un día agotador y estresante, aunque bien sabía que no era así. Reprimía sus sentimientos, como siempre lo hacía; había algo que no quería reconocer.
Volvía a estar solo. Eso sucedía.
Todos se iban, todos lo abandonaban, y ese parecía ser el orden natural de las cosas. Como un ciclo, se repetían, con alguna que otra variable. Se sentía infinitamente miserable, y mientras observaba el cielo raso con aire distraído los recuerdos del año anterior se le sucedían delante de los ojos. Otra vez Michael. Extrañaba a Michael. Y a Patrick. Y a Sam.
Se levantó y tomó el cuaderno que tenía sobre el escritorio. El lápiz se deslizaba lentamente por el papel. Querido amigo, escribió, desearía no ser visible.
Pisar las mismas baldosas
abrir la misma puerta
despertar en la misma habitación
de ayer
de hoy
de siempre
me exilio en esos lugares familiares
y a la vez novedosos
porque en ellos encuentro
que mi lugar no existe
que mi cuerpo no es mi cuerpo
y que mis cosas no son mis cosas.
Y siento que debería correr y alejarme
buscar un espejo que refleje mi rostro
mas ¿adónde ir, cuando los mapas
confunden el norte con el sur,
el sol sale de noche
y la lluvia cae hacia arriba?
No sé quién soy.
No sé dónde estoy.
Sólo sé que la secuencia se repite
como un círculo vicioso
que nunca muere y siempre nace,
y que intento caminar con zapatillas
que quedaron pequeñas hace rato


Autrefois, j'etais une femme très heureux. Mais aujourd'hui, je suis triste. J'ai teint bleu. 
Pourquoi?

Je veux être mince.
Je veux être beau.
Je veux être intéressant.

Et j'écris en français parce-que de cette façon la tristesse, qui est très, très horrible, semble plus poétique. (Même si je sais que la tristesse ne doit jamais être une chose jolie).

Fin.
uno, dos, tres
mecánicamente
se intercalan los pies
un paso, dos pasos
hasta llegar a cien
o quizás muchos más
cuatro, cinco, seis
rítmicamente 
hasta formar una canción
las baldosas son tambores
el viento saxofón
siete, ocho, nueve
paradójicamente
en la calle no hay ni un alma
o hay demasiadas
en diez me detengo
ante el destino final
que puede ser concreto
o ninguno en particular
Los rostros cansados se reflejan en el espejo, distorsionados. El espejo les devuelve una imagen que no les pertenece. Entre sombras, se reconocen, pero no se conocen. ¿Quién es esa persona que me mira desde el otro universo? El universo oculto, el que se esconde debajo de la alfombra, el que subyace entre los sueños.
Su otro yo los observa, esperando la oportunidad de salir a escena. Ese otro yo que es el gemelo malvado, la manzana podrida, o quizás es el costado más bello y más considerado.

A veces, los rostros ya no son rostros, sino lienzos en blanco. Y con lápiz dibujan ojos, nariz y boca. El pulso tembloroso por el horror y la desesperación: los ojos bizcos, la nariz torcida y la boca hinchada. Peor es nada, pero... Con asco se limpian con agua y jabón, y pacientemente comienzan de nuevo la difícil tarea. Pero el rostro ya no es el mismo. Es un pseudo-rostro, pero jamás un rostro de verdad, jamás el original.

Entre la confusión y el pánico, salen a la luz del sol, la luz que no oculta y que es honesta, y los miles de rostros se observan, garabateados, arruinados, deformados, pero perturbadoramente humanos.
Te siento lejos.
Estás a miles de metros de mí, a miles de kilómetros de mí. No alcanzo a verte. Estás tan lejos que ya ni te recuerdo. Ya ni recuerdo cuándo te fuiste, cómo fue que te alejaste de mí, nos alejamos. Si hoy nos llegáramos a encontrar, seríamos dos extraños.
Te siento lejos.
Antes solíamos contarnos todo, compartir todo. Nos sincronizábamos. Eras mi roca y yo era la tuya. Tomabas mi mano cuando tenías miedo, apretabas tan fuerte que los dedos se volvían morados. Me abrazabas y me cuidabas como a un niño pequeño.
Te siento lejos. 
Quisiera que estés cerca, y a la vez que no vuelvas. Porque si volvés, porque si nos vemos, ya no será lo mismo, y nuestras miradas se encontrarán, y en tus ojos lo único que voy a encontrar es indiferencia, temor, y lo que es peor, quizás no encuentre nada.