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Se dirige hacia la estantería y busca rápidamente su libro favorito. Pasa las páginas con ansiedad hasta encontrar ese fragmento que tanto ama. Lo lee con avidez varias veces, como si quisiera memorizarlo. Su mente se llena de felicidad mientras se sumerge en ese pequeño retazo de la historia, y se pregunta por qué esa parte en especial la obsesiona tanto. Se siente cómoda y amparada; se siente segura. Siente que esos párrafos la elevan alto, hasta perderse en el infinito. 
Al terminar, cierra el libro con delicadeza y vuelve a colocarlo en su lugar. Se retira de la habitación con gesto soñador y pacífico. ¿Cuántas veces más deberá leer ese fragmento para convencerse de que en la realidad, no existe la felicidad ni los sueños cumplidos?
Comenzó desde muy abajo. Su infancia había sido agridulce, pero feliz. El ritmo de la samba aún se refleja levemente en su mirada, en su sonrisa, en sus palabras, en sus gestos, en su forma de caminar. Aún recuerda cuando era niña y jugaba con sus vecinos. Cuando se burlaban de su peso. Cuando cocinaba con su mamá. Cuando iba al colegio de noche.
También recuerda cuando lo conoció a él. Y cuando se casó, a los dieciocho años. Un par de años más tarde vendría su primer hijo. Recuerda cuando tuvo que despedirse de su patria, para ir a un territorio bastante diferente. Nunca confesará lo mucho que le dolió decir adiós. Le costó adaptarse. Quizás era la nostalgia lo que la hacía estar muy triste y desorientada, lo cual era entendible al estar lejos de casa ¿o no era ésta su nueva casa?
La vida continuó sin freno alguno. Los días se tornaron rutinarios. La juventud, gloriosa, desapareció con los años. Comenzaron a salir las canas y las arrugas. Los hijos se marcharon. Las amistades se descuidaron. Las ilusiones que el amor trae se desvanecieron. Y la tristeza seguía allí, implacable, incapaz de sostener. Ella sintió que se marchitaba cada vez más. Ella, que había sido siempre de carácter alegre, con la música en la sangre y el sol en la mirada. Ella, que había volado tan alto cuando de sueños se trataba. ¿Todavía existían esos sueños? Se dio cuenta de que jamás los había cumplido. Por miedo. Por tristeza. Por obsecuencia. ¿Y su hogar? ¿Se encontraba allí o se había marchado de él hacía tiempo atrás?
¿Se había equivocado? ¿Había tomado las decisiones correctas?
Sonia llega a la puerta de su departamento y busca las llaves en su cartera. Tarda en encontrarlas porque hay poca luz y está algo ebria. Las introduce en el cerrojo y entra. Prende las luces. Deja el bolso, las llaves y el saco arriba del sillón.

Sonia se dirige al baño y abre la ducha para llenar la bañera. Se sienta en la tapa del inodoro mientras mira el agua que corre. Tiene el delineador corrido y las medias rotas. Se saca los zapatos y va a buscar una cerveza a la heladera. 

Sonia se sumerge en la bañera con el vestido puesto y la botella de cerveza. Por la ventanita del baño puede ver que es una noche hermosa, sin nubes, con estrellas. Piensa en nada concreto mientras la cerveza es cada vez menos.

Sonia deja la botella vacía en el suelo y cierra los ojos. Piensa. Quiere llorar. Quiere sentirse feliz, sentirse bella. Hunde la cabeza en el agua para apagar los gritos que la atormentan.

Sonia saca la cabeza y abre los ojos. Se sienta y se toma las rodillas con las manos. Se queda en la bañera hasta que deja de pensar. Ahora es de día. Está cansada. Sale de la bañera, busca una toalla, se seca y se acuesta en su cama. Se sumerge en un sueño profundo, un sueño perfecto, aliviada de pensar tanto.

equilibrio perfecto

Cerrá los ojos y contá hasta tres
respirá hondo hasta hinchar tu pecho
y soltá el aire hasta vaciarte por completo
por nada dejes de cerrar los ojos 
podrías perder esa magia que aparece 
cuando te concentrás en algo.
Pensá en tus recuerdos más bonitos
intentá borrar todo lo negativo
eliminá esos miedos que te bloquean
llená tu cabeza de buenos deseos
cuando te sientas listo, abrí los ojos lentamente
sin darte cuenta y delicadamente
habrás alcanzado el equilibrio perfecto.