Inútil es el espectador, que se limita a mirar un espectáculo
Inútil es el vegetal que se alimenta de lluvia y de rayos
Inútil es el aire, que se mueve vagamente
Inútiles son los relojes, que giran indefinidamente
Y al mismo tiempo son útiles
El espectador siente
El vegetal sobrevive
El aire da vida
Los relojes limitan
Y yo soy la más inútil de todas las cosas
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Trozos de vidrio esparcidos por el suelo, imposibles de recuperar, de unir, de componer, y en esa confusión, en ese desorden, ese caos perturbador ella está desnuda, desnuda su cuerpo y su alma y su piel de serpiente muta. Sus colores, sonidos y aromas se desatan, liberados por fin del envase que los contenía. Ahora es un ser horriblemente sensorial; la belleza de la discreción, de la contención, de lo prohibido ya no existe. La seguridad del frasco le dijo adiós en el momento en que se hizo añicos. Ella se siente vorazmente curiosa. Y llora sin lágrimas por la pérdida y el temor. En la piel nueva reconoce características suyas que no la abandonaron, y que al instante de ser capturadas se transforman en millones de interrogantes y sensaciones jamás vividas. En vano intenta volver al envase, intenta componer ese refugio invisible que la oprimía pero que era lo seguro, lo estable, lo conocido. Ahora corre con su desnudez a cuestas, en busca de otro recipiente, ¿más grande? ¿Más cómodo? ¿Idéntico? Quién sabe. La piel le escoce; la luz es diez veces más brillante, los sonidos ensordecen, los aromas aturden. Está sola. Perdida. Desamparada. Y el envase está roto.
Las manos juntas, inseparables, pegadas con plasticola. Juntas las manos, los cuerpos distantes. Entran los dos al bar, al mismo tiempo y a distinto compás. Jazmín lo mira a Lisandro; Lisandro aparta la vista de forma brusca. Jazmín lo fulmina con sus ojos de gato asustado, como si de esa forma pudiera leerle el pensamiento. El verde menta de las paredes hace juego con su suéter, y con los ojos de Lisandro. Les asignan una mesa apartada con poca luz. Jazmín se sienta, Lisandro también. Y ahora qué, él se pregunta, y ella también, y los dos están igual de confundidos e igual de tensos. Jazmín lo mira a Lisandro; Lisandro detiene la mirada en una lámpara de vitreaux. Ninguno se atreve a romper el silencio. Este es un silencio triste, no es un silencio incómodo, como el de la primera vez que se vieron. Este es un silencio que dice adiós, melancólico, sutil.
-Sabés por qué te traje acá.
Los ojos de Jazmín ya no son los de un gato: son los de un ciervo deslumbrado a punto de ser arrollado por un automóvil. El gesto de Lisandro es serio, impasible, pensativo. Cuando los atienden, piden dos cervezas negras y bien frías. Hoy es un día frío, el más frío del año, a pesar de ser fines de octubre.
-Mirá, somos dos extraños. No existimos para el otro, ¿me entendés? Es lo mismo que nada. Nada nos une. Por eso creo que es mejor que ya no estemos juntos.
Jazmín no habla. La voz de Lisandro suena distorsionada, lejana. Llegan las dos tiradas de cerveza. Ambos toman un trago largo que se hace interminable. La hora también se estira como un chicle. Once y media.
-No es que no te quiera, es que de verdad, no sé qué nos pasa. Qué nos pasó. Ojalá...
Qué nos pasó. ¿El tiempo, las ganas, el amor? ¿Éramos tan superficiales, tan carnales? ¿De verdad éramos tan distintos? ¿Fuimos demasiado egoístas? Quizás no había una causa concreta. Quizás fue la suma de las partes, que conformaron un todo desastroso. Y todo se reducía a ese bar con olor a tabaco, donde cuatro años antes había comenzado todo y hoy terminaba.
Se oye un como quieras, que Jazmín no sabe a ciencia cierta si salió de su boca o lo dijo alguien más en la mesa de al lado. Se para y sale del bar, y camina varias cuadras por la avenida San Martín, entre cavilaciones y turbaciones. No llora porque es dura. El reloj de pulsera da un pitido para indicar que ya son las doce de la noche. Jazmín mira las agujas del reloj, el segundero que avanza como un tic nervioso, luego los autos que pasan a toda velocidad, y las luces de las casas que se apagan, y las parejas que caminan tomadas de la mano.
Se derrite tu rostro como un helado al sol.
Tus manos son garras ¡cuidado que arañan!
Eres una medusa contemporánea
con ojos tornasol y boca cuadrada.
No te permito pasar, no;
aquí es la belleza la reina verdadera.
¿Quién querría a una bestia tan fea?
Sin forma, grisácea, excéntrica.
Puedes irte muy lejos, lejos, lejos
y buscar un lugar que te acepte.
Tienes virtudes, pero estás defectuosa
con tus ojos, tu nariz y tu boca
y tu voz poco armoniosa.
Dile adiós a tus padres,
dile adiós a tu casa, a tu hogar.
Ya no eres bienvenida.
Adiós, chao, au revoir.
Tus manos son garras ¡cuidado que arañan!
Eres una medusa contemporánea
con ojos tornasol y boca cuadrada.
No te permito pasar, no;
aquí es la belleza la reina verdadera.
¿Quién querría a una bestia tan fea?
Sin forma, grisácea, excéntrica.
Puedes irte muy lejos, lejos, lejos
y buscar un lugar que te acepte.
Tienes virtudes, pero estás defectuosa
con tus ojos, tu nariz y tu boca
y tu voz poco armoniosa.
Dile adiós a tus padres,
dile adiós a tu casa, a tu hogar.
Ya no eres bienvenida.
Adiós, chao, au revoir.
uno, dos, tres
mecánicamente
se intercalan los pies
un paso, dos pasos
hasta llegar a cien
o quizás muchos más
cuatro, cinco, seis
rítmicamente
hasta formar una canción
las baldosas son tambores
el viento saxofón
siete, ocho, nueve
paradójicamente
en la calle no hay ni un alma
o hay demasiadas
en diez me detengo
ante el destino final
que puede ser concreto
o ninguno en particular
Los rostros cansados se reflejan en el espejo, distorsionados. El espejo les devuelve una imagen que no les pertenece. Entre sombras, se reconocen, pero no se conocen. ¿Quién es esa persona que me mira desde el otro universo? El universo oculto, el que se esconde debajo de la alfombra, el que subyace entre los sueños.
Su otro yo los observa, esperando la oportunidad de salir a escena. Ese otro yo que es el gemelo malvado, la manzana podrida, o quizás es el costado más bello y más considerado.
A veces, los rostros ya no son rostros, sino lienzos en blanco. Y con lápiz dibujan ojos, nariz y boca. El pulso tembloroso por el horror y la desesperación: los ojos bizcos, la nariz torcida y la boca hinchada. Peor es nada, pero... Con asco se limpian con agua y jabón, y pacientemente comienzan de nuevo la difícil tarea. Pero el rostro ya no es el mismo. Es un pseudo-rostro, pero jamás un rostro de verdad, jamás el original.
Entre la confusión y el pánico, salen a la luz del sol, la luz que no oculta y que es honesta, y los miles de rostros se observan, garabateados, arruinados, deformados, pero perturbadoramente humanos.
Su otro yo los observa, esperando la oportunidad de salir a escena. Ese otro yo que es el gemelo malvado, la manzana podrida, o quizás es el costado más bello y más considerado.
A veces, los rostros ya no son rostros, sino lienzos en blanco. Y con lápiz dibujan ojos, nariz y boca. El pulso tembloroso por el horror y la desesperación: los ojos bizcos, la nariz torcida y la boca hinchada. Peor es nada, pero... Con asco se limpian con agua y jabón, y pacientemente comienzan de nuevo la difícil tarea. Pero el rostro ya no es el mismo. Es un pseudo-rostro, pero jamás un rostro de verdad, jamás el original.
Entre la confusión y el pánico, salen a la luz del sol, la luz que no oculta y que es honesta, y los miles de rostros se observan, garabateados, arruinados, deformados, pero perturbadoramente humanos.
Te siento lejos.
Estás a miles de metros de mí, a miles de kilómetros de mí. No alcanzo a verte. Estás tan lejos que ya ni te recuerdo. Ya ni recuerdo cuándo te fuiste, cómo fue que te alejaste de mí, nos alejamos. Si hoy nos llegáramos a encontrar, seríamos dos extraños.
Te siento lejos.
Antes solíamos contarnos todo, compartir todo. Nos sincronizábamos. Eras mi roca y yo era la tuya. Tomabas mi mano cuando tenías miedo, apretabas tan fuerte que los dedos se volvían morados. Me abrazabas y me cuidabas como a un niño pequeño.
Te siento lejos.
Quisiera que estés cerca, y a la vez que no vuelvas. Porque si volvés, porque si nos vemos, ya no será lo mismo, y nuestras miradas se encontrarán, y en tus ojos lo único que voy a encontrar es indiferencia, temor, y lo que es peor, quizás no encuentre nada.
niña, estás sola
abandónate
ven a jugar con fuego
tal vez te han soltado
la mano
pero eso es lo de menos
lo más probable
es que sufras por mucho tiempo
en silencio
o a gritos
(ya nadie escucha los pedidos
de auxilio)
y te ocultes en las sombras
de tu corazón
piensas demasiado
en todas las variables
en lo que es y lo que pudo ser
y sobre todo
en lo que no es
no llores, porque el llanto
no es bonito
y no tiene solución
sólo puedes huir
aunque nunca huyes
porque siempre vuelves
adonde comenzaste
adonde comenzó el martirio
adonde comenzaron las penas
abandónate
ven a jugar con fuego
tal vez te han soltado
la mano
pero eso es lo de menos
lo más probable
es que sufras por mucho tiempo
en silencio
o a gritos
(ya nadie escucha los pedidos
de auxilio)
y te ocultes en las sombras
de tu corazón
piensas demasiado
en todas las variables
en lo que es y lo que pudo ser
y sobre todo
en lo que no es
no llores, porque el llanto
no es bonito
y no tiene solución
sólo puedes huir
aunque nunca huyes
porque siempre vuelves
adonde comenzaste
adonde comenzó el martirio
adonde comenzaron las penas
sombras ásperas me cuidan
me dan la bienvenida
miro sin mirar, observo las luces
el ritmo de la noche
los autos veloces
los rostros cansados
camino despacio, para llegar
a destino cuanto antes
el viento helado me abraza
y me lanzo al vacío feroz
ferozmente real
sano con vinagre las heridas
para que duelan más
oigo los sonidos de mi corazón
que se acelera
y las bocinas y el ruido y las voces
y las risas
y mis miedos
mis miedos, mis alegrías
que son pocas
rodeada de gente
es cuando me siento más sola
me dan la bienvenida
miro sin mirar, observo las luces
el ritmo de la noche
los autos veloces
los rostros cansados
camino despacio, para llegar
a destino cuanto antes
el viento helado me abraza
y me lanzo al vacío feroz
ferozmente real
sano con vinagre las heridas
para que duelan más
oigo los sonidos de mi corazón
que se acelera
y las bocinas y el ruido y las voces
y las risas
y mis miedos
mis miedos, mis alegrías
que son pocas
rodeada de gente
es cuando me siento más sola
saw her father cry
when her mother died
and she said out loud:
¡oh me, oh my!
fell in love with a guy
who left bruises on her face
she said nothing, but:
¡oh me, oh my!
sold her body for five cents
to buy food and rent a place
it was awful, but who cares?
she cried in silence:
¡oh me, oh my!
laid on a dirty street
wet, empty and hurt
the last thing she said was:
¡oh me, oh my!
hipócrates
engaña, araña
con redes blancas
y negras como el mal
lo que es, es
y lo que fue, fue
¿mas todo lo que será,
será?
¿o lo que fue, es
y lo que es, será
y lo que será, fue?
¿eres lo que eres
o eres lo que creo
que eres?
¿o lo que crees
que eres tú?
¿yo soy tú?
¿tú eres ella?
¿ella somos nosotros
y nosotros somos ellos?
¿lo que es rojo, es verde
y lo que es verde es azul?
¿quién soy?
¿quién eres tú?
la paria
Mente y cuerpo ya no son uno, sino dos entes completamente distintos. El cuerpo esta ahí, como una fachada inútil, una cáscara vacía, una mentira con ojos, manos y pies. Mira, pero no observa; oye, pero no escucha; Piensa, pero no razona. A todo esto, ¿dónde demonios se metió la mente? La imbécil flota como ectoplasma por el aire, con picardía y desfachatez. Y sí observa, y sí escucha, y sí razona. Observa a los demás individuos, con su cuerpo y su mente indisolublemente unidas, intactas. Escucha los ecos de sus pensamientos, que se transforman en miedos, en mentiras, en deseos. Al ver a su recipiente vacío, razona por un instante. Se ve tan frágil y tan miserable, tan... carente de sentido. Los demás están rodeados de un aura de color mientras que este cuerpo, este saco de huesos que le tocó ocupar no tiene nada de especial, mas bien parece ridículo. Puaj. Mejor seguir fuera de esa cárcel de piel y músculos.
ayer, y hoy más que nunca
quisiera ser como vos:
tener tu sagacidad e inteligencia
y tus ojos, sumamente astutos
tu sonrisa, que brilla y brilla
y tu falta de temor ante el mundo
te admiro, porque sos bello,
pero no te envidio,
porque la envidia es fea;
ojalá yo no fuera yo
y fuera vos
ojalá seamos los dos uno solo
yendo a la par, como paralelas
hasta el infinito
quisiera ser como vos:
tener tu sagacidad e inteligencia
y tus ojos, sumamente astutos
tu sonrisa, que brilla y brilla
y tu falta de temor ante el mundo
te admiro, porque sos bello,
pero no te envidio,
porque la envidia es fea;
ojalá yo no fuera yo
y fuera vos
ojalá seamos los dos uno solo
yendo a la par, como paralelas
hasta el infinito
subte
por debajo de mí pasan
y se ocultan
en lo más profundo de mi ser
¿qué será?
se hunden cada vez más
hacia el infinito
hasta desaparecer
¿qué será?
sombras que se ciernen sobre mí
y me empujan
cada vez más lejos y más adentro
¿qué será?
gritos que se convierten en voces
y luego en murmullos
y luego en ecos
y luego en silencio absoluto
¿qué será?
y se ocultan
en lo más profundo de mi ser
¿qué será?
se hunden cada vez más
hacia el infinito
hasta desaparecer
¿qué será?
sombras que se ciernen sobre mí
y me empujan
cada vez más lejos y más adentro
¿qué será?
gritos que se convierten en voces
y luego en murmullos
y luego en ecos
y luego en silencio absoluto
¿qué será?
¿Dónde estás?, pensaba, mientras corría por la avenida. Resultaba curioso que en esa tarde en particular Cabildo no fuera Cabildo; o sí, pero distorsionada. Miró hacia arriba y se había hecho de noche de golpe. ¿Dónde estás? Sintió frío en los pies, y vio que caminaba descalza. La visión de sus pies desnudos le provocó un fuerte dolor de cabeza que la trastornó; agilizó el paso, hasta alcanzar niveles de velocidad inverosímiles. Las cuadras se ensanchaban y se contraían y el tiempo no transcurría. Las luces la cegaban. ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
Se bajó del colectivo, en la esquina de Malaver y España. Miró su reloj y comprobó que aún le quedaban quince minutos. El día era espléndido; soleado y sin una nube. Tal vez un poco frío para su gusto. La calle estaba desierta y el silencio era casi absoluto, momentáneamente interrumpido por el sonido de las vías del tren. Comenzó a caminar casi sistemáticamente, para hacer tiempo. Las hojas, en tonos amarillos y marrones, crujían bajo sus pies. Cada tanto pasaba un coche. Mientras recorría las calles pensaba en sí misma, no de forma egocéntrica, sino más bien retórica. El sol le daba de lleno en la cara. Soplaba un viento que le helaba las manos. Le divertía deambular por las calles de los barrios, como si estuviera de visita, como si fuera ajena a la situación. Se rió a carcajadas porque se sentía muy infantil, aunque en el fondo lo único que sentía era tristeza. Tal vez era cierto eso de que las personas más tristes son las que sonríen más a menudo. Se acordó de la máscara que había usado para Carnaval el año pasado.
Dio vuelta a la esquina, y mientras caminaba observó las casas de la vereda de enfrente. Había una en particular muy bonita, de ladrillos y rejas verdes. En la vereda, una señora baldeaba sistemáticamente. Le había llamado la atención porque tenía la sensación de haberla visto antes. Pensó que se había vuelto loca, y siguió recorriendo las calles con absoluta tranquilidad. Eran tres menos diez; tenía tiempo todavía. De pronto, cayó en la cuenta de que esa cuadra le resultaba más que familiar. Definitivamente ya había visto ese árbol. Era imposible, porque ella no vivía en esa zona, pero aún así...
Se disponía a doblar por Malaver para ir hacia donde la esperaban. ¿Ese auto azul no estaba estacionado en la esquina de atrás? A mitad de cuadra alcanzó a ver una vez más la casa de rejas verdes y la señora, que barría con fuerza el agua enjabonada hasta llevarla al pavimento. Es una coincidencia, pensó. Nada más que eso. Por allá se veía aquél árbol de ramas extensas. Consideró la opción de estar caminando en círculos, hasta que recordó que era imposible, pues lo que se repetía siempre era ese tramo entre las calles Malaver y Buenos Aires, era como un sueño absurdo y hasta pesadillesco, de esos que nunca terminan y que provocan que uno se despierte agitado y todo sudado.
Caminó más deprisa y consultó su reloj. Tal vez lo mejor sería llegar a destino un poco más temprano. Pero con sorpresa, las agujas marcaban las tres menos diez. La batería quizás se acabó, se dijo. Mas cuando se acercó el reloj al oído escuchó un tic, tac que le pareció más terrorífico que nunca. Alcanzó Malaver para encontrarse con el auto azul en la esquina; la señora de la casa de ladrillos continuaba su limpieza; las ramas del árbol se agitaban con furia. Tic, tac. El reloj aún marcaba menos diez. Se dio cuenta de que se había nublado. Comenzó a correr. Jadeaba por el espanto más que por la fatiga. No se detuvo al doblar de nuevo. Vio a su izquierda una mancha azul. Oyó los barridos y el agua que caía. Tic, tac. Casi no había sol. El viento silbaba entre las ramas del árbol maldito. Le caían las lágrimas; se convenció de que debía de estar soñando, y le gritó a su yo interno que se despertara. Gritó desaforada, y entendió que estaba sola, que no había manera de escapar de esa cuadra maldita.
Dio vuelta a la esquina, y mientras caminaba observó las casas de la vereda de enfrente. Había una en particular muy bonita, de ladrillos y rejas verdes. En la vereda, una señora baldeaba sistemáticamente. Le había llamado la atención porque tenía la sensación de haberla visto antes. Pensó que se había vuelto loca, y siguió recorriendo las calles con absoluta tranquilidad. Eran tres menos diez; tenía tiempo todavía. De pronto, cayó en la cuenta de que esa cuadra le resultaba más que familiar. Definitivamente ya había visto ese árbol. Era imposible, porque ella no vivía en esa zona, pero aún así...
Se disponía a doblar por Malaver para ir hacia donde la esperaban. ¿Ese auto azul no estaba estacionado en la esquina de atrás? A mitad de cuadra alcanzó a ver una vez más la casa de rejas verdes y la señora, que barría con fuerza el agua enjabonada hasta llevarla al pavimento. Es una coincidencia, pensó. Nada más que eso. Por allá se veía aquél árbol de ramas extensas. Consideró la opción de estar caminando en círculos, hasta que recordó que era imposible, pues lo que se repetía siempre era ese tramo entre las calles Malaver y Buenos Aires, era como un sueño absurdo y hasta pesadillesco, de esos que nunca terminan y que provocan que uno se despierte agitado y todo sudado.
Caminó más deprisa y consultó su reloj. Tal vez lo mejor sería llegar a destino un poco más temprano. Pero con sorpresa, las agujas marcaban las tres menos diez. La batería quizás se acabó, se dijo. Mas cuando se acercó el reloj al oído escuchó un tic, tac que le pareció más terrorífico que nunca. Alcanzó Malaver para encontrarse con el auto azul en la esquina; la señora de la casa de ladrillos continuaba su limpieza; las ramas del árbol se agitaban con furia. Tic, tac. El reloj aún marcaba menos diez. Se dio cuenta de que se había nublado. Comenzó a correr. Jadeaba por el espanto más que por la fatiga. No se detuvo al doblar de nuevo. Vio a su izquierda una mancha azul. Oyó los barridos y el agua que caía. Tic, tac. Casi no había sol. El viento silbaba entre las ramas del árbol maldito. Le caían las lágrimas; se convenció de que debía de estar soñando, y le gritó a su yo interno que se despertara. Gritó desaforada, y entendió que estaba sola, que no había manera de escapar de esa cuadra maldita.
ilusa de vos
que creías en el amor
y en las cosas bonitas
ahora te duelen los días
y tus ojos ahora
son dos cataratas tristes
que desembocan
en silencios oscuros
y promesas absurdas
las horas se te hacen eternas
la existencia, más lenta
las máscaras en el suelo
arruinadas como luego
de una noche de alcohol y fiesta
la ropa está sucia y el rímel corrido
ilusa de vos
que creías en la bondad
y en la pureza del alma
las hojas manchadas de tinta
y las palabras tachadas
los viejos recuerdos, olvidados
y las luces apagadas
que creías en el amor
y en las cosas bonitas
ahora te duelen los días
y tus ojos ahora
son dos cataratas tristes
que desembocan
en silencios oscuros
y promesas absurdas
las horas se te hacen eternas
la existencia, más lenta
las máscaras en el suelo
arruinadas como luego
de una noche de alcohol y fiesta
la ropa está sucia y el rímel corrido
ilusa de vos
que creías en la bondad
y en la pureza del alma
las hojas manchadas de tinta
y las palabras tachadas
los viejos recuerdos, olvidados
y las luces apagadas
sacó su vestido rojo
y los tacos negros
las medias de red rotas
en el suelo
miró todos los labiales
y eligió el más llamativo
rímel, quizás un poco
y los aretes dorados
¿qué hacer con el cabello?
una maraña de ideas rotas
entre tanto, un cigarillo prende
para calmar sus nervios
se mira en el espejo, se ama;
una diosa del Olimpo
personificada
mas la biología no miente
y por más que lo intente
allí estarán sus pelos, su barba
delatores, traicioneros
y los tacos negros
las medias de red rotas
en el suelo
miró todos los labiales
y eligió el más llamativo
rímel, quizás un poco
y los aretes dorados
¿qué hacer con el cabello?
una maraña de ideas rotas
entre tanto, un cigarillo prende
para calmar sus nervios
se mira en el espejo, se ama;
una diosa del Olimpo
personificada
mas la biología no miente
y por más que lo intente
allí estarán sus pelos, su barba
delatores, traicioneros
Se dirige hacia la estantería y busca rápidamente su libro favorito. Pasa las páginas con ansiedad hasta encontrar ese fragmento que tanto ama. Lo lee con avidez varias veces, como si quisiera memorizarlo. Su mente se llena de felicidad mientras se sumerge en ese pequeño retazo de la historia, y se pregunta por qué esa parte en especial la obsesiona tanto. Se siente cómoda y amparada; se siente segura. Siente que esos párrafos la elevan alto, hasta perderse en el infinito.
Al terminar, cierra el libro con delicadeza y vuelve a colocarlo en su lugar. Se retira de la habitación con gesto soñador y pacífico. ¿Cuántas veces más deberá leer ese fragmento para convencerse de que en la realidad, no existe la felicidad ni los sueños cumplidos?
Amelia prefiere caminar en vez de usar transporte público, o coche. Le gusta sentir el cosquilleo de las piernas en movimiento y el ruido de los pasos sobre el pavimento. Oye el silbido del viento a través de los árboles. Le gusta imaginar que esos silbidos son historias contadas por personas que viven a kilómetros de distancia. Se pregunta si sus historias también se vuelven etéreas y viajan lejos.
Amelia levanta la vista hacia el cielo, y se pregunta sobre el origen de su existencia. Los nubarrones negros le responden con lágrimas que en segundos se transforman en cataratas. Corre hasta encontrar un lugar en donde refugiarse; el pelo anaranjado contrasta con el gris de las calles y los edificios. Las nubes lloran, piensa Amelia, y se larga a llorar, porque hoy se siente miserable. Sus emociones suelen mimetizarse con el tiempo: ayer estuvo soleado y se sentía extremadamente feliz.
Al llegar a casa, Amelia se prepara una taza de té con leche y se sienta en su sofá. Reflexiona, y surgen varios interrogantes. Tiene alma de filósofa. Cuando era chica solía preguntar ¿por qué? y su mamá la miraba con desaprobación y fastidio. ¿Por qué? es una pregunta muy abstracta, y a la vez muy específica.
La luz en el interior del departamento se hace más débil. A través de la ventana llega un olor a la cocina de las abuelas; la vecina del 4ºA debe de estar preparando la cena. Amelia mira su reloj de pulsera y ve que son las ocho y cuarto. Suspira. Ojalá mañana no llueva.
Amelia levanta la vista hacia el cielo, y se pregunta sobre el origen de su existencia. Los nubarrones negros le responden con lágrimas que en segundos se transforman en cataratas. Corre hasta encontrar un lugar en donde refugiarse; el pelo anaranjado contrasta con el gris de las calles y los edificios. Las nubes lloran, piensa Amelia, y se larga a llorar, porque hoy se siente miserable. Sus emociones suelen mimetizarse con el tiempo: ayer estuvo soleado y se sentía extremadamente feliz.
Al llegar a casa, Amelia se prepara una taza de té con leche y se sienta en su sofá. Reflexiona, y surgen varios interrogantes. Tiene alma de filósofa. Cuando era chica solía preguntar ¿por qué? y su mamá la miraba con desaprobación y fastidio. ¿Por qué? es una pregunta muy abstracta, y a la vez muy específica.
La luz en el interior del departamento se hace más débil. A través de la ventana llega un olor a la cocina de las abuelas; la vecina del 4ºA debe de estar preparando la cena. Amelia mira su reloj de pulsera y ve que son las ocho y cuarto. Suspira. Ojalá mañana no llueva.
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